Chicle.

Cada vez que salía de mi casa, sin importar que día o a qué hora, el pequeño B. estaba sentado en medio de la vereda mascando chicle. Siempre pasaba por su lado y le dedicaba una fugaz sonrisa, y él, en respuesta, me guiñaba un ojo y hacía un monumental globo rosado que cubría todo con olor a caramelo.

Un día, la lluvia era tal, que decidí no salir. La televisión no hacía más que anunciar un desastre tras otro: calles inundadas, casas destruidas, y albergues repletos de damnificados; uno de aquellos desvalidos, era un señor con una pequeña niña en los brazos. El señor describía tristemente como la tormenta había arrasado con su hogar, mientras la niña jugaba con un mechón de pelo y mascaba un chicle. Mi atención se desvió y no pude evitar recordar al pequeño B.

De modo inconsciente asomé mi cabeza por la ventana, buscando la familiar mota rosa en medio de la vereda, y ahí estaba, sentado como siempre, mascando chicle y arrojando barquitos de hojas secas al torrente de agua.

Pensé que se debería estar muriendo de frío, así que lo llamé golpeando el vidrio, pero él no pareció escucharme. Abrí la ventana dispuesta a gritarle cuando se volteo hacia mí con su habitual sonrisa traviesa. Se acercó un poco a mi ventana, me guiñó un ojo y comenzó a hacer uno de sus monumentales globos rosados.

Iba a decirle que se fuera a su casa, que hacía demasiado frío, pero el globo que normalmente se reventaba rápido, seguía creciendo y creciendo, hasta que llegó un punto en que era demasiado grande, tanto que cubría casi completamente al pequeño B, quien se empezó a elevar.

Para mi horror, cinco minutos después B flotaba en el aire, y diez minutos después ya estaba tan alto que comenzaba a alejarse arrastrado por los fuertes vientos de la tormenta.

Tan sorprendida como estaba solo atiné a intentar salir corriendo tras él, pero era demasiado tarde. El pequeño B. había desaparecido en el horizonte.

...

Suele pasar cuando miras la calle desde tu ventana: las cosas siempre adquieren un extraño tinte color fantasía