Para Kanna
Caminaba frente a la Catedral como todas las noches de ese invierno cuándo lo vi. Kanna me acompañaba en la incursión vespertina a las galerías de Rosas.
Él llevaba una chaqueta de cotelé café y un morral de cuero antiguo. Su pelo largo y su descuidada barba le daban un desordenado aspecto de universitario-lana.
Nosotras, como buenas liceanas, reíamos fuerte por algún chiste o tontera del momento. Recuerdo que ni la oscuridad ni la cantidad abismante de gente llena de abrigos de colores evitaron que él pasara desapercibido.
Cuando el cruce de nuestras direcciones terminó, volteé la cabeza de la forma más disimulada que me fue posible. El aporte del día, pensé. Kanna me leyó la sonrisa y volteó la cabeza. Sus cejas alzadas delataban un dónde.
Él daba vueltas en torno a un perímetro acercándose a la gente. Kanna y yo nos miramos con un brillo de interrogación.
Casualmente, los tres quedamos de frente a sólo un par de abrigos y paraguas de distancia. Él sostenía un cartel sobre el pecho: Abrazos Gratis.
La duda nos duró cinco segundos, yo creo que menos. Ya po debe haber dicho alguien, no sabría decir si interior o exterior.
Fue un abrazo rápido y alegre. Él sonreía, pero luego se sumó a nuestras carcajadas. Gracias, chau, cuídate, y sería el fin.
Kanna y yo caminamos en silencio un par de cuadras. Ya lejos, seguras de la mayor intimidad que el Paseo Ahumada te puede entregar, explotamos.
Todavía nos recriminamos por no preguntarle su nombre, dirección y teléfono. Pero de alguna parte salió Miguel… y así quedó. Grabado con un abrazo alegre en la memoria de una noche de invierno.
Caminaba frente a la Catedral como todas las noches de ese invierno cuándo lo vi. Kanna me acompañaba en la incursión vespertina a las galerías de Rosas.
Él llevaba una chaqueta de cotelé café y un morral de cuero antiguo. Su pelo largo y su descuidada barba le daban un desordenado aspecto de universitario-lana.
Nosotras, como buenas liceanas, reíamos fuerte por algún chiste o tontera del momento. Recuerdo que ni la oscuridad ni la cantidad abismante de gente llena de abrigos de colores evitaron que él pasara desapercibido.
Cuando el cruce de nuestras direcciones terminó, volteé la cabeza de la forma más disimulada que me fue posible. El aporte del día, pensé. Kanna me leyó la sonrisa y volteó la cabeza. Sus cejas alzadas delataban un dónde.
Él daba vueltas en torno a un perímetro acercándose a la gente. Kanna y yo nos miramos con un brillo de interrogación.
Casualmente, los tres quedamos de frente a sólo un par de abrigos y paraguas de distancia. Él sostenía un cartel sobre el pecho: Abrazos Gratis.
La duda nos duró cinco segundos, yo creo que menos. Ya po debe haber dicho alguien, no sabría decir si interior o exterior.
Fue un abrazo rápido y alegre. Él sonreía, pero luego se sumó a nuestras carcajadas. Gracias, chau, cuídate, y sería el fin.
Kanna y yo caminamos en silencio un par de cuadras. Ya lejos, seguras de la mayor intimidad que el Paseo Ahumada te puede entregar, explotamos.
Todavía nos recriminamos por no preguntarle su nombre, dirección y teléfono. Pero de alguna parte salió Miguel… y así quedó. Grabado con un abrazo alegre en la memoria de una noche de invierno.
