Miguel

Para Kanna

Caminaba frente a la Catedral como todas las noches de ese invierno cuándo lo vi. Kanna me acompañaba en la incursión vespertina a las galerías de Rosas.
Él llevaba una chaqueta de cotelé café y un morral de cuero antiguo. Su pelo largo y su descuidada barba le daban un desordenado aspecto de universitario-lana.
Nosotras, como buenas liceanas, reíamos fuerte por algún chiste o tontera del momento. Recuerdo que ni la oscuridad ni la cantidad abismante de gente llena de abrigos de colores evitaron que él pasara desapercibido.
Cuando el cruce de nuestras direcciones terminó, volteé la cabeza de la forma más disimulada que me fue posible. El aporte del día, pensé. Kanna me leyó la sonrisa y volteó la cabeza. Sus cejas alzadas delataban un dónde.
Él daba vueltas en torno a un perímetro acercándose a la gente. Kanna y yo nos miramos con un brillo de interrogación.
Casualmente, los tres quedamos de frente a sólo un par de abrigos y paraguas de distancia. Él sostenía un cartel sobre el pecho: Abrazos Gratis.
La duda nos duró cinco segundos, yo creo que menos. Ya po debe haber dicho alguien, no sabría decir si interior o exterior.
Fue un abrazo rápido y alegre. Él sonreía, pero luego se sumó a nuestras carcajadas. Gracias, chau, cuídate, y sería el fin.
Kanna y yo caminamos en silencio un par de cuadras. Ya lejos, seguras de la mayor intimidad que el Paseo Ahumada te puede entregar, explotamos.
Todavía nos recriminamos por no preguntarle su nombre, dirección y teléfono. Pero de alguna parte salió Miguel… y así quedó. Grabado con un abrazo alegre en la memoria de una noche de invierno.


Cotidiana I

Esa mañana ella se levantó, vistió y amarró los zapatos igual que siempre. Mientras, en la tv estaban pasando por milésima vez el no triunfo de Susan Boyle. Ella tomó la leche con dos cucharadas de chocolate, una grande de café y una pizca de azúcar. Además abrió una marraqueta y la puso en el tostador. En la tv derivaban el tema hacia los demás competidores del famoso programa británico; cosas bizarras pasaban sin sobresaltar a nadie. Ella arrugó la nariz, escuchando el programa. Después de tragar, ella revolvió su mochila y sacó el despeinado cepillo de dientes. En la tv se reían de un hombre que bailaba. Ella puso los ojos en blanco, la espuma del dentífrico le impedía soltar la sátira que contenía. Escupió, se peinó de mala gana, lavó su cara y con los ojos cerrados y las pestañas goteando recorrió a tientas la pared hasta toparse con la toalla. En la tv ahora cantaba una familia, la niña pequeña apenas y pronunciaba bien. Ella la observó cinco segundos. La tonada era pegajosa. Luego cerró la mochila y salió de la casa. En la tv aún prendida siguieron hablando del British got talent.