Informe II (1.38 29.09)

Desvariando de insomnio entre las sutiles diferencias que separan a actantes de actores en la filosofía lenguaestratosférica de Greimas, estoy lo suficientemente distraída como para escuchar la Limón Soda que pasa por mi garganta como una ligera marea de espuma chocando contra el paladar.


Cotidiana V

Entre las copas de vino y los platos mal condimentados de productos estacionales, la arena de las zapatillas aún se acumula en la punta de mis pies; mientras, mi hermana tecletea como loca cada vez que el sonido del msn la llama y yo me dedico a deslizar la roja punta del lápiz bic en un papel sucio de cartón; son cuentos paralelos que confluyen al compas de un guitarreo youtubeano.


viceversa personal

A fuera se libra una de esas batallas que la gente llama épicas con terror. Balazos, lacrimógenas, sirenas de pacos y de ambulancias. Aquí adentro con suerte me afecta el ya debilitado olor a acido, pero la batalla también es épica con terror. Porque, como acabo de escuchar, se que tengo desazones de verte… o sea resumiendo estoy jodida y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa.


Informe I (12.37 12.09)

Aquí cerca suena una guitarra y una voz pastosa con olor a cigarro. Allá lejos un par de tiros al aire.


In-públicable



Mmm?

A veces me encuentro con que existen personas, y no miento, una en particular, que gustan de dejar tirados ciertos detalles que a la mayoría no le importan, porque obviamente no son de su incumbencia; pero están ahí y gritan desesperados llamando la atención.
He recogido un par; los he cliquado, tomado, leído, absorbido, interpretado, y extrapolado; entre comillas podría decir que los di vuelta al revés, pero también al derecho.
Y… me conmueven, pero a la vez me encantan.
Siento que si existen es por una necesidad que yo también tengo, y sin embargo no puedo voltear en el caminito de migajas que esa persona sí logra, aunque intenten llamar la atención pasando desapercibidos.
Quizás sea porque yo no tengo un elemento tan potente como el transito y sus señales con que comparar las cosas que existen y las que no; pero en fin, esa sería mi rebuscada reflexión de hoy.


Paréntesis de cuentos perdidos I

En la última tabla de mi repisa, había un viejo cajón cubierto de polvo.
Lo abrí, por si las moscas; pero casi me caigo cuando salió de el una chica con cara de mimada y existencial y toda la pinta de pasar las largas horas de la vieja casona de sus padres soñando con amores y dándoles nombres estrafalarios a las estrellas.
Lo cerré mientras me aseguraba de sacarlo de las alturas; una vez seguro en la firmeza del escritorio y la luz examinadora de la lámpara, volví a abrirlo.
La chica seguía ahí, pero ahora no veía sólo su vestido de flores y sus zapatos de verano, la acompañaba el entorno de una especie de biblioteca repleta de estantes con libros encuadernados tan polvorientos como mi cajón.
En el fondo de la habitación se veía claramente la silueta de un hombre sin rostro, reclinado sobre un mullido sillón, afanado en dotar a su pipa de una nueva provisión de tabaco.
Pestañeé y decidí, incrédula, cerrar el cajón; pero me ganó la curiosidad; soplé encima para alejar el polvo, pero ese acto sólo logró hacerme estornudar.
Ni la chica del vestido, ni el hombre de la pipa, ni la habitación de los libros se encontraban ahí. Ahora el ambiente era diferente.
Un castillo rodeado de paredes de piedra se hizo presente; desde el, dos jovencitas me saludaban con amplias sonrisas, una tercera que las acompañaba reclinó la cabeza en señal de saludo.
Me froté los ojos y el cajón se cerró de golpe.
Cuando volví a abrirlo el castillo de piedra no había desaparecido, pero las chicas volaron siendo reemplazadas por dos muchachos, en apariencia opuestos, pero más detenidamente, igual de altos, pálidos y ojerosos. Un hombre mayor los escoltaba.
Fijé mi vista en él, mucho más que en todos los otros.
Un aire familiar lo rodeaba y pude verlo mutar en las formas más diferentes en mis recuerdos.
Cuando volví al presente, todos se habían reunido para saludarme.
Les sonreí de vuelta. No hice promesas, ni me comprometí con ninguno. Apenas y dirigí una mirada más profunda al último sujeto que, de vuelta, inclinó la cabeza en señal de entender. Con eso bastaba.
Cerré el cajón y volví a subirlo a la última tabla de la repisa.
Estará ahí guardando polvo, hasta la próxima vez que se me ocurra rescatar a alguien.