Paréntesis de cuentos perdidos I

En la última tabla de mi repisa, había un viejo cajón cubierto de polvo.
Lo abrí, por si las moscas; pero casi me caigo cuando salió de el una chica con cara de mimada y existencial y toda la pinta de pasar las largas horas de la vieja casona de sus padres soñando con amores y dándoles nombres estrafalarios a las estrellas.
Lo cerré mientras me aseguraba de sacarlo de las alturas; una vez seguro en la firmeza del escritorio y la luz examinadora de la lámpara, volví a abrirlo.
La chica seguía ahí, pero ahora no veía sólo su vestido de flores y sus zapatos de verano, la acompañaba el entorno de una especie de biblioteca repleta de estantes con libros encuadernados tan polvorientos como mi cajón.
En el fondo de la habitación se veía claramente la silueta de un hombre sin rostro, reclinado sobre un mullido sillón, afanado en dotar a su pipa de una nueva provisión de tabaco.
Pestañeé y decidí, incrédula, cerrar el cajón; pero me ganó la curiosidad; soplé encima para alejar el polvo, pero ese acto sólo logró hacerme estornudar.
Ni la chica del vestido, ni el hombre de la pipa, ni la habitación de los libros se encontraban ahí. Ahora el ambiente era diferente.
Un castillo rodeado de paredes de piedra se hizo presente; desde el, dos jovencitas me saludaban con amplias sonrisas, una tercera que las acompañaba reclinó la cabeza en señal de saludo.
Me froté los ojos y el cajón se cerró de golpe.
Cuando volví a abrirlo el castillo de piedra no había desaparecido, pero las chicas volaron siendo reemplazadas por dos muchachos, en apariencia opuestos, pero más detenidamente, igual de altos, pálidos y ojerosos. Un hombre mayor los escoltaba.
Fijé mi vista en él, mucho más que en todos los otros.
Un aire familiar lo rodeaba y pude verlo mutar en las formas más diferentes en mis recuerdos.
Cuando volví al presente, todos se habían reunido para saludarme.
Les sonreí de vuelta. No hice promesas, ni me comprometí con ninguno. Apenas y dirigí una mirada más profunda al último sujeto que, de vuelta, inclinó la cabeza en señal de entender. Con eso bastaba.
Cerré el cajón y volví a subirlo a la última tabla de la repisa.
Estará ahí guardando polvo, hasta la próxima vez que se me ocurra rescatar a alguien.


Mientras el mundo sigue girando.

Me molesta la rigidez con que escribo últimamente.
Me molesta ser tan dócil y voluntariamente presa y encadenada.
Me molesta estar demasiado inmersa en un formato que me aburre, me apesta, me aplasta.
Me molesta no poder siquiera vislumbrar un atisbo de escape.
Me molesta que el único que encuentre tenga que ver con tomar una metralleta y lanzar a los siete vientos y los cuatro mares una lluvia de disparates disparados.
Me molesta la sensación apremiante que cosquillea en mis rodillas.
Me molesta pensar en la próxima madrugada, en el casa en silencio, en la respiración de los perros, en el correr de la última micro, y la frenada del semáforo.
Me molesta el clic del teclado y su color opaco que no me permitiría ver sino es con la luz encendida; encandiladora de parpados, hipnotizadora de pestañas, engatusadora de pupilas, faldera de iris, seductora de lagrimales, conquistadora de ojeras.
Me molesta no encontrar cosas positivas en esta vida de que poco a poco también comienza a aplastarme.
Me molesta no tener la historia de un ser de otro mundo, o un animal de galaxias en la que refugiarme, y en cambio, me molesta de sobre manera, no tener más de que hablar que como siempre que se hace una historia, de un viejo de un niño o de sí.
Me molesta los aires imperialistas que de poco a poco metamorfosean en los eslabones de la cadena.
Me molesta que la cadena no esté forjada de hierro, ni acero, ni metal, sino de piel, huesos y cartílagos.
Me molesta que alguien lea esto, porque no es para ti, ni para nadie.
Me molesta que la frase anterior ya no tenga validez en el sistema de la supuesta democratización de la información.
Me molesta descargar las cosas de forma tan rebuscada y metafórica.
Me molesta esconder, pero sobretodo me asusta, me limita, me contrae.
Me molesta eso.
Me molesta esto.
Me molesta todo.
Me molesta nada.
Me molesta… y fin.


Mal día, Elizabeth.

Las cosas van y vienen en la vida de Elizabeth, pero las ganas de putear el mundo siempre vuelven de un momento a otro.
Como ese día.
No bien se había despertado del todo cuando le llegó el presentimiento, y el resultado: mala suerte eterna por veinticuatro horas.
Nunca se sabe cómo, pero de todas formas salió de su casa con la sonrisa acostumbrada. Abrió el yogurt mientras caminaba, armada con la cuchara en el bolsillo, al paradero de la esquina.
Las clases y el sopor ya no son novedad, nunca la fueron, menos en la semanas de comienzos de agosto donde la energía superflua de la vuelta se disuelve entre eléctricos hormigueos.
Increíblemente, o tal vez no tanto, Elizabeth siguió con la sonrisa acostumbrada. E incluso lanzó más de una carcajada en las conversaciones de almuerzo, aún cuando no fuera necesario mantener apariencias ni máscaras.
Cuando caminó de vuelta a casa y subió a la micro y se aguantó las ganas de tele transportarse para saltar el viaje de una hora a través de la fría ciudad gris el sopor volvió a cosquillear.
Bien podrían parecer bichitos o hadas que rogaban por llevarse a la princesa a los palacios de Morfeo, pero Elizabeth había dejado de ilusionarse con estrellas hacía años.
El pequeño breic del cambió de bus llevó a que caminara otra vez hacia el paradero de la esquina, no de la misma esquina por cierto.
Registró sus bolsillos, mientras saltaban fuera envolturas de chicle y los restos de un desmembrado palito de coyac. Sus dedos se enredaron con las argollas de sus llaves cubiertas de suvenires y trozos de lana. Incluso una vieja y deteriorada nariz de payaso salió a la vista.
Pero lo que Elizabeth buscaba no era nada de aquello. Revolvió sus bolsillos una vez más y después una segunda, tercera, cuarta, etc.
Tocó más de diez texturas diferentes, pero la delgada capa de plástico simplemente no estaba.
Su sueño se cumplió. Estaba destinada a él desde la mañana. Todo el mundo sabe que la cuestión edípica de luchar en contra del oráculo no sirve de nada. Cuando la mala suerte llega, estás jodido.
En todo caso Edipo perdió los ojos, yo sólo el pase, razonó Elizabeth resignada. Con el presentimiento ya cumplido las cosas no podía ir peor.
Fue una verdadera lástima cuando, de hecho, sí lo fueron.


Seguirán los gingles en el aire

Hace mucho tiempo, tal vez en una galaxia lejana o una dimensión desconocida, la política se veía con otras melodías y colores.
No hablo de las históricas campañas del Sí o el No que de pobladas con luces, colores, bombos y platillos contenían expresiones de un verdadero cambio, para bien o para mal, del paradigma operado hasta ese momento.
Esas campañas por las que valía la pena sentarse a verlas y tal vez emocionarse e inflar el pecho no las viví. Muy por el contrario, la primera de las tengo el espacio mental para recordar de forma nítida no fueron precisamente llamativas en términos sentimentales.
Claro que hablamos de una época en dónde ya podíamos hablar de un juego político más. Uno en que la conciencia infantil solo admite como el break en que se interrumpía la programación del canal X para poner en su lugar un montón de canciones o melodías que de ridículas pasaban a pegajosas y que uno tiempo después descubría en silbidos y tarareos por las calles.
Pero una cosa era escuchar y otra muy distinta creer en los vientos de cambio que soplan en el país por un nuevo futuro y un pueblo feliz que proponía el gingle de Joaquín Lavín el ‘99 o la famosa micro que toma Tomás en la de Hirsch del 2005.
Este año las cosas son diferentes. Ya no puedo hablar desde la cómoda posición de ser inocente al margen del mundo. Ya no puedo escudarme en el refugio en el que adoptaba la opinión preponderante de la influencia materna, aún cuando esta siempre haya ido en contra de lo establecido por el resto de la familia y la sociedad general.
Es ahora cuando llega el turno de hacer una separación y barajar las posibilidades que se han ofrecido para gobernar el país en el año del bicentenario.
Marco Enriquez-Ominami, en ese sentido, ha jugado sus propias cartas de forma inteligente. Sus propuestas cibernéticas, campañas en Facebook, Youtube, Blogs y páginas con dominio vienen a introducir nuevas formas de entender al público, o en este caso, a la población eventualmente votante.
Tal vez su propuesta no signifique un real cambio como quiere hacer parecer, pero lo innegable es que ya el hecho de declararse díscolo, palabra que por cierto muy poca gente realmente conocía, lo hace un ser atractivo.
Si a eso le sumamos que ha utilizado los mismos lenguajes con los que la gente como yo, hijos de la Internet y del mundo globalizado, entiende y maneja al revés y al derecho todos los días y las más insospechadas horas, el alcance de su audiencia se duplica.
Por otra parte, los gingles son necesarios. No por nada, están formados para servir como agentes infiltrados en las bocas de todos los que al reproducirlas las sitúan en las brisas que recorren la ciudad y así son propagados como infecciones. Por lo mismo es imposible que cambien de una elección a otra.
Pero Enriquez-Ominami ha encontrado otra forma de hacer campaña, una nueva estrategia con la cual colarse por difusión directa en los suburbios, esta vez utilizando para su beneficio las variadas formas de comunicación cotidiana que han revolucionado el campo de la información.
Claramente no es lo mismo que los vientos de cambio que prometían soplar en el país por un nuevo futuro y un pueblo feliz y mucho menos la micro que toma Tomás con la que juntos podemos más… Pero la gente como yo tampoco es la misma.
Habrá que ver si a fin de año Marco Enriquez sigue manteniendo el atractivo que ha suscitado. En todo caso, de no resultar, siempre podrá contar con algún viejo y pegadizo gingle.


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*otro trabajo de redacción... me acordé aproposito de ver a karen en tolerancia cero


Ese viernes se llamó “Anodino”

Ese viernes era un día para llegar temprano, se entiende que con sueño y la lata descomunal que eso acarrea, pero llegar temprano. Todo para qué, para disertar en la ayudantía de Marin esperando una de las últimas oportunidades para salvar el ramo.
Cuento corto y sin mayores explicaciones, la hora en que la iluminación retórica debía aparecer en su máximo esplendor y ejercer poderío sobre las mentes somnolientas de los demás compañeros… Falló en forma insondable.
Por consiguiente, la grandiosa oportunidad de la vida con respecto a ese ramo perdió el rumbo y término sumergida en quizás que tipo de abismo.
Pero esa no era la única misión del día, al contrario. Justamente por ello, no sorprendió ver llegar una hora más tarde a Javier. Él suele ser puntual hasta con los atrasos. Por otro lado sí sorprendió no ver a Iván. Sin embargo se sospecha que, a veces, sólo a veces, razones le sobran.
Nadie sabe con exactitud dónde, cuándo y cómo realizar la labor. Los rumores corren por los pasillos envueltos por el viento de las mismas hojas que acarician aquellos pastos que se preparan para una nueva noche de juerga.
Estando al borde de tal incertidumbre lo que se decide de forma tácitamente democrática es simplemente sentarse a esperar.
Inútil propuesta, si se piensa en lo correcto, pérdida cuantificable hasta en dólares si se habla de economía. Pero justo en ese momento; posiblemente por la quietud que reinaba en el ambiente, sumada a ese cálido y traicionero sol que calienta las mejillas y hace condensable el sopor de este particular invierno, que en sí no ha tenido mucho; la tentadora idea de dejar pasar un rato antes de comenzar a hacer un deje de cualquier acción cobró un particular sentido.
Y así se hizo. Hasta que, de repente, algo empieza por querer romper el encanto de la inmovilidad que reinaba: Javier hace el primer anuncio de querer irse.
Comprensible y obvio, como todo día viernes en el que de lejos se le ve llegar con el bolso acuestas pensando en San Antonio. Pero Iván todavía no dignaba a hacer su aparición y eso pronosticaba destellos de una invasora soledad.


Con eso y todo nadie se movió. Se hacía necesaria una mayor fuerza de voluntad de la que se poseía a esa hora de la mañana para romper el hechizo.
Pasó una hora y otra le siguió pegadita sin que se notara. Los informes de Javier, que aumentaban en valor a la vez que perdían credibilidad, terminaron por disolverse, y al final cobraron vida en el último milisegundo del último tiempo, justo cuando el marcador ya daba por finalizado el partido.
Iván hizo su aparición y con él la decisión de Javier se transformo en hecho concreto y real. Hola, chau, y en menos de tres tiempos ya estaba fuera de vista.
Sin embargo, ni el sol cambió su intensidad acogedora ni la somnolencia dio paso a mayores fuerzas corporales. El ambiente de completa quietud continuó hasta la hora del almuerzo y por lo tanto la hora en que la misión debía cumplirse llegó a su fin.
Otro acuerdo tácitamente democrático, esta vez firmado con Iván, resolvió el sentimiento de culpa que aprisionó por un par de minutos los corazones. De alguna forma veremos que hacer, y fin del problema.
Ese viernes era un día para llegar temprano, se entiende que con sueño y la lata descomunal que eso acarrea, pero llegar temprano. Todo para qué, para llegar a la truncada disertación de la ayudantía de Marín y pasar el resto de la mañana siguiendo el acuerdo tácitamente democrático de sentarse a esperar.
Esperar qué… Esperar y ver como pasa frente a ti un viernes llamado “Anodino”.


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*de los últimos trabajos de redacción.


Cotidiana IV

Hoy me acordé de Mr. B, justo cuando se cumplen más de siete meses de tenerlo encerrado en un rincón de los archivos Word. ¿Qué habrá sido de él?
¿Al final terminó por morir, o estaba de parranda? ¿Helena y Elizabeth lograron rescatarlo? ¿Y a Gabriel? ¿Después de ese entrecortado acto de sacrificio ultra humano propio de su raza, habrá dado resultado el cambio de rol de último momento en el que la chica es quien debe salvar al personaje principesco vampiro? ¿Y Selene? ¿Aprendió a confiar en las locas niñas de colegio de monjas que la contrataron para pelear contra una mafia sin nombre por falta de imaginación?
¿Cómo rayos es que jamás pudo acabar la historia antes del comienzo? ¿Cómo es que nunca se terminó de contar el principio?
En fin, todo salió después que me acordé de Mr. B, justo cuando se cumplen más de siete meses de tenerlo encerrado en un rincón de los archivos Word.


Cotidiana III

Esperando la hora del almuerzo, mejor me dedico a tipear idioteces en lugar de cerrar los ojos y ceder al sueño que apriciona los párpados. En la esquina Nico utiliza toda la impostación de su voz para conquistar a una chica. Chikocl habla de algo que no escuché, creo que dijo “estos días en que uno espera el carrete se hacen tediosos”, pero no podrìa asugurarlo, no lo escuché. La Ró habla con su novio por telefono, en la otra esquina. “Borracho” alguien soltó al aire. Lo más probable es que se refiriera a alguien màs, pero calzo justo con mi tipeo. Said sicopatea una página de dudosa procedencia, alguien que por alguna oscura coincidencia, o quizás con premeditación y alevosía, utiliza nuestros simbolos institucionales. En el fondo de pantalla de su pc un conjunto de cascos verdes se constrastan con una muralla azul que reza “Fuera Pinochet”… “Tenía que ser Said”. Tal-i analiza la ùltima ediciòn, otra vez. Ese agujoneando nunca fue, es la reflexiòn burlesca. OMG. ¡The kooks suena a lo lejos!... Eso si es una coincidencia. Alguien va reencarnar en una botella de cocacola, segùn facebook. “Eso es tan bizarro como el oso gominola”. Sonido de pato para ese comentario. Clic clic clic suenan los teclados de la sala. Mientras han pasado por lo menos cinco minutos y nosotros todavía esperando la hora del almuerzo.