Cotidiana II

Sala de computación. Viernes. 14.59 hrs. Piernas cruzadas a lo indio sobre el incomodo asiento gris. Sombrero sobre la cabeza, nariz roja de payaso. Manos sobre el teclado, dudando más de un segundo en cada tecla. Es la opción más asertiva, el estar aquí… Considerando el panorama de la casa solitaria y la soledad quejumbrosa de un día apestante. Duele la cabeza, los ojos rojos, las mejillas tensas. Borro constantemente por la dislexia digital. Ni siquiera sabía como se escribía esa palabra.
Gente va y viene, entran y salen, corriendo. Aún así la sala se mantiene en un relativo silencio. Una relativa calma. Los sonidos dominantes son los tecleteos… palabra nueva también, quién dijo que el signo no es arbitrario.
Sala de computación. Viernes. 15.08 hrs. Piernas relajadas hasta el suelo, tobillos cruzados hacia atrás. Sombrero sobre la cabeza, nariz roja de payaso a un costado del teclado. Manos tecleando a 15 segundos por letra. Aún es la opción más asertiva estar aquí… Considerando el panorama de la casa solitaria y la soledad quejumbrosa de un día apestante.


1.35 min con Ossa

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La lengua que así nace es una lengua que tiene un poder constituyente porque no solamente esta destinada a explicar sino también tiene el poder de contar una realidad ahí donde otros no pueden imaginarla, entonces la capacidad insatisfactoria está marcada por este hecho.

Hay lenguas que solamente describen, pero hay otras lenguas que pueden interpretar y para hacerlo crea cosas que antes no estaban que nacen con esa lengua. Aquí se produce lo que podríamos denominar que es una cierta especificación de la lengua en el sentido que todo el discurso que la examina y la estudia, los textos que la explican y la comprenden están particularmente interesados en demostrar que la lengua puede ser productora no solamente de explicaciones pertinentes, sino que en la lengua se explica la realidad de un modo que la pura manifestación de la realidad no permite comprender.

De esta manera entonces, de un modo lento, pero preciso el texto que original la cultura occidental va subordinando la realidad y sus apariencias a las esencias que la lengua dice poder transmitir gracias a que no solamente esta comunicando la realidad sino que también lo esta construyendo discursivamente.
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Declaración entre comas

Algún día, no muy lejano, pero tampoco cercano, o sea, no hoy, ni tampoco mañana, y tal vez, no hasta la próxima, o quizás, próxima semana, metáforicamente hablando, por cierto... dejaré de robar fotografías.


Miguel

Para Kanna

Caminaba frente a la Catedral como todas las noches de ese invierno cuándo lo vi. Kanna me acompañaba en la incursión vespertina a las galerías de Rosas.
Él llevaba una chaqueta de cotelé café y un morral de cuero antiguo. Su pelo largo y su descuidada barba le daban un desordenado aspecto de universitario-lana.
Nosotras, como buenas liceanas, reíamos fuerte por algún chiste o tontera del momento. Recuerdo que ni la oscuridad ni la cantidad abismante de gente llena de abrigos de colores evitaron que él pasara desapercibido.
Cuando el cruce de nuestras direcciones terminó, volteé la cabeza de la forma más disimulada que me fue posible. El aporte del día, pensé. Kanna me leyó la sonrisa y volteó la cabeza. Sus cejas alzadas delataban un dónde.
Él daba vueltas en torno a un perímetro acercándose a la gente. Kanna y yo nos miramos con un brillo de interrogación.
Casualmente, los tres quedamos de frente a sólo un par de abrigos y paraguas de distancia. Él sostenía un cartel sobre el pecho: Abrazos Gratis.
La duda nos duró cinco segundos, yo creo que menos. Ya po debe haber dicho alguien, no sabría decir si interior o exterior.
Fue un abrazo rápido y alegre. Él sonreía, pero luego se sumó a nuestras carcajadas. Gracias, chau, cuídate, y sería el fin.
Kanna y yo caminamos en silencio un par de cuadras. Ya lejos, seguras de la mayor intimidad que el Paseo Ahumada te puede entregar, explotamos.
Todavía nos recriminamos por no preguntarle su nombre, dirección y teléfono. Pero de alguna parte salió Miguel… y así quedó. Grabado con un abrazo alegre en la memoria de una noche de invierno.


Cotidiana I

Esa mañana ella se levantó, vistió y amarró los zapatos igual que siempre. Mientras, en la tv estaban pasando por milésima vez el no triunfo de Susan Boyle. Ella tomó la leche con dos cucharadas de chocolate, una grande de café y una pizca de azúcar. Además abrió una marraqueta y la puso en el tostador. En la tv derivaban el tema hacia los demás competidores del famoso programa británico; cosas bizarras pasaban sin sobresaltar a nadie. Ella arrugó la nariz, escuchando el programa. Después de tragar, ella revolvió su mochila y sacó el despeinado cepillo de dientes. En la tv se reían de un hombre que bailaba. Ella puso los ojos en blanco, la espuma del dentífrico le impedía soltar la sátira que contenía. Escupió, se peinó de mala gana, lavó su cara y con los ojos cerrados y las pestañas goteando recorrió a tientas la pared hasta toparse con la toalla. En la tv ahora cantaba una familia, la niña pequeña apenas y pronunciaba bien. Ella la observó cinco segundos. La tonada era pegajosa. Luego cerró la mochila y salió de la casa. En la tv aún prendida siguieron hablando del British got talent.


Lo que soñé una vez

En mi sueño, o sea, en mi pesadilla, una niña que cruzó la calle en el lugar y momento equivocado, fue atropellada por un camión que pretendía estacionarse al frente de un museo para descargar la pila de espejos, vidrios, y marcos de ventanas que llevaba. Obviamente, como testigos del accidente no involucramos en el asunto, y entramos con la niña a la sala central del museo, para darle los primeros auxilios, llamar a la ambulancia, etc. Por alguna razón, una vez dentro, la niña desapareció; y en cambio, se instalaron en la mesa central, un montón de botellas repletas de alcohol. Yo me acerqué a la que tenía el aspecto más extraño - una forma parecida la cruza entre una copa de champaña y el envoltorio de un dulce -, la abrí y tomé directamente, sin pensar en conseguir un vaso. El agrado me salió por los poros. Me sentí felíz. Ya no sabía en dónde estaba, ni qué hacía ahí. Solo podía sentir el contacto de la extraña botella con mis labios, y el líquido deslizandose en mi garganta. Todo el ambiente parecía sentir exactamente lo que yo, y la vieja y desteñida sala del museo, se convirtió en la sala dónde se celebraba una alocada fiesta de cumpleaños. No conocía a nadie ahí, pero me sentía demasiado a gusto para darme cuenta. Seguí bebiendo, y riendo a carcajadas, hasta que alguien me quitó la botella. Y entonces toda emoción reconocible se esfumó. Me quedé sentada, en la misma mesa dónde antes yacía la pequeña atropellada. Totalmente sola, vacía y atrapada en mi sueño, osea, en mi pesadilla.


Solo eso.

Ella estaba sentada en su cama, con los pies congelados, cubierta apenas con una vieja sabana, y la vista perdida en ese día que no podía ser más gris. Él dormía hasta la inconsciencia a su lado. Un par de movimientos fueron suficientes para que lo notara despierto. ¿Hola?, sonrió ella, de medio lado, Hola, murmuró él con la voz seca. Se miraron un par de segundos, preguntándose qué decir. ¿Sobrio? Preguntó ella manteniendo la sonrisa. Se, respondió él juntando las cejas. ¿Cómo estás? Aventuró de nuevo ella, fijando la mirada en esa pequeña arruga. No lo sé, ¿Qué te conté anoche? Él parecía distante, y reservado, ella aumentó su sonrisa; Eso creí, contestó, ¿En serio no recuerdas nada? Si recuerdo, solo que esperaba que fuera mi imaginación. Ahora ella rió. No, no tienes tanta. Gracias. De nada. Ella sonreía, él desviaba su mirada. Me gusta tu humor, le dijo. ¿En qué sentido? En el sentido que me gusta. ¿Con todo y el sarcasmo? Si. Siguieron hablando por un rato, él se mantuvo en su sitio, sin ceder, como últimamente llevaba haciendo; ella solo sonreía, tenía una extraña sensación, como las que dan cuándo sientes que ves todo mucho más lejano de lo que en verdad es, como si no fuera ella. De repente la conversación se disolvió. Y el silencio se instalo entre ambos. Se miraron un segundo, pero no pudieron mantener la vista. Él se volteó, ella se abrazó las rodillas. Tal vez, después de todo, era demasiado tarde. No volvieron a decir nada. Él se levantó, y sus pasos se perdieron fuera de la habitación. Aún tenía esa arruga en las cejas. Ella, con los pies todavía congelados, perdió la vista en ese día que no podía ser más gris. Aún tenía la sonrisa en la cara.