viceversa personal

A fuera se libra una de esas batallas que la gente llama épicas con terror. Balazos, lacrimógenas, sirenas de pacos y de ambulancias. Aquí adentro con suerte me afecta el ya debilitado olor a acido, pero la batalla también es épica con terror. Porque, como acabo de escuchar, se que tengo desazones de verte… o sea resumiendo estoy jodida y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa.


Informe I (12.37 12.09)

Aquí cerca suena una guitarra y una voz pastosa con olor a cigarro. Allá lejos un par de tiros al aire.


In-públicable



Mmm?

A veces me encuentro con que existen personas, y no miento, una en particular, que gustan de dejar tirados ciertos detalles que a la mayoría no le importan, porque obviamente no son de su incumbencia; pero están ahí y gritan desesperados llamando la atención.
He recogido un par; los he cliquado, tomado, leído, absorbido, interpretado, y extrapolado; entre comillas podría decir que los di vuelta al revés, pero también al derecho.
Y… me conmueven, pero a la vez me encantan.
Siento que si existen es por una necesidad que yo también tengo, y sin embargo no puedo voltear en el caminito de migajas que esa persona sí logra, aunque intenten llamar la atención pasando desapercibidos.
Quizás sea porque yo no tengo un elemento tan potente como el transito y sus señales con que comparar las cosas que existen y las que no; pero en fin, esa sería mi rebuscada reflexión de hoy.


Paréntesis de cuentos perdidos I

En la última tabla de mi repisa, había un viejo cajón cubierto de polvo.
Lo abrí, por si las moscas; pero casi me caigo cuando salió de el una chica con cara de mimada y existencial y toda la pinta de pasar las largas horas de la vieja casona de sus padres soñando con amores y dándoles nombres estrafalarios a las estrellas.
Lo cerré mientras me aseguraba de sacarlo de las alturas; una vez seguro en la firmeza del escritorio y la luz examinadora de la lámpara, volví a abrirlo.
La chica seguía ahí, pero ahora no veía sólo su vestido de flores y sus zapatos de verano, la acompañaba el entorno de una especie de biblioteca repleta de estantes con libros encuadernados tan polvorientos como mi cajón.
En el fondo de la habitación se veía claramente la silueta de un hombre sin rostro, reclinado sobre un mullido sillón, afanado en dotar a su pipa de una nueva provisión de tabaco.
Pestañeé y decidí, incrédula, cerrar el cajón; pero me ganó la curiosidad; soplé encima para alejar el polvo, pero ese acto sólo logró hacerme estornudar.
Ni la chica del vestido, ni el hombre de la pipa, ni la habitación de los libros se encontraban ahí. Ahora el ambiente era diferente.
Un castillo rodeado de paredes de piedra se hizo presente; desde el, dos jovencitas me saludaban con amplias sonrisas, una tercera que las acompañaba reclinó la cabeza en señal de saludo.
Me froté los ojos y el cajón se cerró de golpe.
Cuando volví a abrirlo el castillo de piedra no había desaparecido, pero las chicas volaron siendo reemplazadas por dos muchachos, en apariencia opuestos, pero más detenidamente, igual de altos, pálidos y ojerosos. Un hombre mayor los escoltaba.
Fijé mi vista en él, mucho más que en todos los otros.
Un aire familiar lo rodeaba y pude verlo mutar en las formas más diferentes en mis recuerdos.
Cuando volví al presente, todos se habían reunido para saludarme.
Les sonreí de vuelta. No hice promesas, ni me comprometí con ninguno. Apenas y dirigí una mirada más profunda al último sujeto que, de vuelta, inclinó la cabeza en señal de entender. Con eso bastaba.
Cerré el cajón y volví a subirlo a la última tabla de la repisa.
Estará ahí guardando polvo, hasta la próxima vez que se me ocurra rescatar a alguien.


Mientras el mundo sigue girando.

Me molesta la rigidez con que escribo últimamente.
Me molesta ser tan dócil y voluntariamente presa y encadenada.
Me molesta estar demasiado inmersa en un formato que me aburre, me apesta, me aplasta.
Me molesta no poder siquiera vislumbrar un atisbo de escape.
Me molesta que el único que encuentre tenga que ver con tomar una metralleta y lanzar a los siete vientos y los cuatro mares una lluvia de disparates disparados.
Me molesta la sensación apremiante que cosquillea en mis rodillas.
Me molesta pensar en la próxima madrugada, en el casa en silencio, en la respiración de los perros, en el correr de la última micro, y la frenada del semáforo.
Me molesta el clic del teclado y su color opaco que no me permitiría ver sino es con la luz encendida; encandiladora de parpados, hipnotizadora de pestañas, engatusadora de pupilas, faldera de iris, seductora de lagrimales, conquistadora de ojeras.
Me molesta no encontrar cosas positivas en esta vida de que poco a poco también comienza a aplastarme.
Me molesta no tener la historia de un ser de otro mundo, o un animal de galaxias en la que refugiarme, y en cambio, me molesta de sobre manera, no tener más de que hablar que como siempre que se hace una historia, de un viejo de un niño o de sí.
Me molesta los aires imperialistas que de poco a poco metamorfosean en los eslabones de la cadena.
Me molesta que la cadena no esté forjada de hierro, ni acero, ni metal, sino de piel, huesos y cartílagos.
Me molesta que alguien lea esto, porque no es para ti, ni para nadie.
Me molesta que la frase anterior ya no tenga validez en el sistema de la supuesta democratización de la información.
Me molesta descargar las cosas de forma tan rebuscada y metafórica.
Me molesta esconder, pero sobretodo me asusta, me limita, me contrae.
Me molesta eso.
Me molesta esto.
Me molesta todo.
Me molesta nada.
Me molesta… y fin.


Mal día, Elizabeth.

Las cosas van y vienen en la vida de Elizabeth, pero las ganas de putear el mundo siempre vuelven de un momento a otro.
Como ese día.
No bien se había despertado del todo cuando le llegó el presentimiento, y el resultado: mala suerte eterna por veinticuatro horas.
Nunca se sabe cómo, pero de todas formas salió de su casa con la sonrisa acostumbrada. Abrió el yogurt mientras caminaba, armada con la cuchara en el bolsillo, al paradero de la esquina.
Las clases y el sopor ya no son novedad, nunca la fueron, menos en la semanas de comienzos de agosto donde la energía superflua de la vuelta se disuelve entre eléctricos hormigueos.
Increíblemente, o tal vez no tanto, Elizabeth siguió con la sonrisa acostumbrada. E incluso lanzó más de una carcajada en las conversaciones de almuerzo, aún cuando no fuera necesario mantener apariencias ni máscaras.
Cuando caminó de vuelta a casa y subió a la micro y se aguantó las ganas de tele transportarse para saltar el viaje de una hora a través de la fría ciudad gris el sopor volvió a cosquillear.
Bien podrían parecer bichitos o hadas que rogaban por llevarse a la princesa a los palacios de Morfeo, pero Elizabeth había dejado de ilusionarse con estrellas hacía años.
El pequeño breic del cambió de bus llevó a que caminara otra vez hacia el paradero de la esquina, no de la misma esquina por cierto.
Registró sus bolsillos, mientras saltaban fuera envolturas de chicle y los restos de un desmembrado palito de coyac. Sus dedos se enredaron con las argollas de sus llaves cubiertas de suvenires y trozos de lana. Incluso una vieja y deteriorada nariz de payaso salió a la vista.
Pero lo que Elizabeth buscaba no era nada de aquello. Revolvió sus bolsillos una vez más y después una segunda, tercera, cuarta, etc.
Tocó más de diez texturas diferentes, pero la delgada capa de plástico simplemente no estaba.
Su sueño se cumplió. Estaba destinada a él desde la mañana. Todo el mundo sabe que la cuestión edípica de luchar en contra del oráculo no sirve de nada. Cuando la mala suerte llega, estás jodido.
En todo caso Edipo perdió los ojos, yo sólo el pase, razonó Elizabeth resignada. Con el presentimiento ya cumplido las cosas no podía ir peor.
Fue una verdadera lástima cuando, de hecho, sí lo fueron.