Cotidiana I

Esa mañana ella se levantó, vistió y amarró los zapatos igual que siempre. Mientras, en la tv estaban pasando por milésima vez el no triunfo de Susan Boyle. Ella tomó la leche con dos cucharadas de chocolate, una grande de café y una pizca de azúcar. Además abrió una marraqueta y la puso en el tostador. En la tv derivaban el tema hacia los demás competidores del famoso programa británico; cosas bizarras pasaban sin sobresaltar a nadie. Ella arrugó la nariz, escuchando el programa. Después de tragar, ella revolvió su mochila y sacó el despeinado cepillo de dientes. En la tv se reían de un hombre que bailaba. Ella puso los ojos en blanco, la espuma del dentífrico le impedía soltar la sátira que contenía. Escupió, se peinó de mala gana, lavó su cara y con los ojos cerrados y las pestañas goteando recorrió a tientas la pared hasta toparse con la toalla. En la tv ahora cantaba una familia, la niña pequeña apenas y pronunciaba bien. Ella la observó cinco segundos. La tonada era pegajosa. Luego cerró la mochila y salió de la casa. En la tv aún prendida siguieron hablando del British got talent.


Lo que soñé una vez

En mi sueño, o sea, en mi pesadilla, una niña que cruzó la calle en el lugar y momento equivocado, fue atropellada por un camión que pretendía estacionarse al frente de un museo para descargar la pila de espejos, vidrios, y marcos de ventanas que llevaba. Obviamente, como testigos del accidente no involucramos en el asunto, y entramos con la niña a la sala central del museo, para darle los primeros auxilios, llamar a la ambulancia, etc. Por alguna razón, una vez dentro, la niña desapareció; y en cambio, se instalaron en la mesa central, un montón de botellas repletas de alcohol. Yo me acerqué a la que tenía el aspecto más extraño - una forma parecida la cruza entre una copa de champaña y el envoltorio de un dulce -, la abrí y tomé directamente, sin pensar en conseguir un vaso. El agrado me salió por los poros. Me sentí felíz. Ya no sabía en dónde estaba, ni qué hacía ahí. Solo podía sentir el contacto de la extraña botella con mis labios, y el líquido deslizandose en mi garganta. Todo el ambiente parecía sentir exactamente lo que yo, y la vieja y desteñida sala del museo, se convirtió en la sala dónde se celebraba una alocada fiesta de cumpleaños. No conocía a nadie ahí, pero me sentía demasiado a gusto para darme cuenta. Seguí bebiendo, y riendo a carcajadas, hasta que alguien me quitó la botella. Y entonces toda emoción reconocible se esfumó. Me quedé sentada, en la misma mesa dónde antes yacía la pequeña atropellada. Totalmente sola, vacía y atrapada en mi sueño, osea, en mi pesadilla.


Solo eso.

Ella estaba sentada en su cama, con los pies congelados, cubierta apenas con una vieja sabana, y la vista perdida en ese día que no podía ser más gris. Él dormía hasta la inconsciencia a su lado. Un par de movimientos fueron suficientes para que lo notara despierto. ¿Hola?, sonrió ella, de medio lado, Hola, murmuró él con la voz seca. Se miraron un par de segundos, preguntándose qué decir. ¿Sobrio? Preguntó ella manteniendo la sonrisa. Se, respondió él juntando las cejas. ¿Cómo estás? Aventuró de nuevo ella, fijando la mirada en esa pequeña arruga. No lo sé, ¿Qué te conté anoche? Él parecía distante, y reservado, ella aumentó su sonrisa; Eso creí, contestó, ¿En serio no recuerdas nada? Si recuerdo, solo que esperaba que fuera mi imaginación. Ahora ella rió. No, no tienes tanta. Gracias. De nada. Ella sonreía, él desviaba su mirada. Me gusta tu humor, le dijo. ¿En qué sentido? En el sentido que me gusta. ¿Con todo y el sarcasmo? Si. Siguieron hablando por un rato, él se mantuvo en su sitio, sin ceder, como últimamente llevaba haciendo; ella solo sonreía, tenía una extraña sensación, como las que dan cuándo sientes que ves todo mucho más lejano de lo que en verdad es, como si no fuera ella. De repente la conversación se disolvió. Y el silencio se instalo entre ambos. Se miraron un segundo, pero no pudieron mantener la vista. Él se volteó, ella se abrazó las rodillas. Tal vez, después de todo, era demasiado tarde. No volvieron a decir nada. Él se levantó, y sus pasos se perdieron fuera de la habitación. Aún tenía esa arruga en las cejas. Ella, con los pies todavía congelados, perdió la vista en ese día que no podía ser más gris. Aún tenía la sonrisa en la cara.



socrático

- ¿Qué haces?
- No mucho.
- Como qué no, hace rato que te veo con ese lápiz en la mano.
- ¿Y qué?
- ¿Cómo que y qué? Supongo que algo debes de estar haciendo con él.
- ¿Y qué te hace suponer eso?
- El hecho de que no has parado de escribir con él en esa hoja de papel.
- ¿Cómo sabes que estoy escribiendo?
- No lo sé, solo lo supongo...
- Bien, pero ¿qué te lleva a suponerlo?
- Tal vez el que muevas tu muñeca de un lado a otro de la hoja.
- Ya, pero que te hace pensar qué te hace pensar que estoy escribiendo, es decir, bien podría haber estado dibujando, o simplemente rayando la hoja, ¿cómo sabes tú...?
- Pues resulta que pensé que esas eran letras... además estabas concentrado en tu trabajo
- No me digas, ¿En serio?
- Si, mantenías la vista pegada al papel y la mirada perdida, y había más de una arruga entre tus cejas, y cuándo te hablé te sobresaltaste...
- Eres bastante detallista, ¿Sabías?
- Si, me lo han dicho.
- Pero, eso no te lleva a acertar en lo más mínimo, ¿Sabías eso?
- En realidad no... ¿Quieres decir que el hecho de qué te vea con un lápiz en la mano, escribiendo sin parar en esa hoja de papel, cosa que deduzco por el movimiento de tu muñeca a uno y otro lado de la hoja, sumado al hecho de que te concentrabas en tu trabajo, ya que tenías la vista pegada en el papel y la mirada perdida, y había más de una arruga entre tus cejas, y cuándo te hablé te sobresaltaste; no significa que en realidad hayas estado haciendo algo?
- Exacto.


Escena 1

En medio de un comedor normal, dos personas de diferentes edades sentadas en los sillones. La más joven tiene un notebook sobre sus rodillas y tipea con la mirada perdida en la pantalla; la otra persona, de más edad, ve televisión. Suena La Marsellesa.

- Ese si que es un bonito himno.
- Ajá.
- Me pregunto de que hablará...
- No lo sé. Lo estudié en 7mo básico, cuando nos pasaban francés... Solo recuerdo la primera linea... hablaba sobre un día de gloria, o algo así...
- ¿Por quéno lo buscas?
- ¿Ah? ¿Cómo?
- ¡En esa cosa!
- ¡Ah! Por eso digo... Cinco segundos, lo googlearé...
- Ya po'.
- Aquí está.
- ¿Qué dice? Tiene toda la pinta de hablar de cosas pacificas...
- Ehmmm... de hecho...
- ¿De hecho?
- Wuajajajajaaja.
- ¿Qué dice?
- Ejem. Cito: Marchemos, hijos de la patria, que ha llegado el día de la gloria. Sabía que decía eso...
- Ya, pero ¿Qué tiene?
- No he terminado:

El sangriento estandarte de la tiranía
está ya levantado contra nosotros. (bis)
¿No oyes bramar por las campiñas
a esos feroces soldados?
Pues vienen a degollar
A nuestros hijos y a nuestras esposas.

- Guau.




Parentesis

Mientras J. le soltaba un par de los habituales sarcasmos cariñosos a G. - "¡Usted no opine, esclavo!" - S. reía tan estruendosamente como siempre.

- ¡OMG! Tengo que mostrarles algo.... - soltó teatralmente J. plantando la curiosidad. - ¿G.? ¿Mi mochila?
- En la pieza...
- ¿Y qué esta esperando? - dijo J. con voz de líder. - Vaya a buscarla, ¡meh! - siempre usaba ese tono de ofendida cuando quería molestar a G., pero esta la ignoro deliberadamente.
- Cuidadito - S. chasqueó la lengua, puso los ojos en blanco y siguió riendo fuerte.

Las dos chicas, que seguían jugando al amo y esclavo, se levantaron y corrieron hasta el dormitorio, pero S. no se movió. Cuando sus amigas dejaron de mirarla, la sonrisa que antes cruzaba su cara se desvaneció de la misma forma en que se desinfla un globo lleno de aire. Una pequeña arruga se abrió camino entre sus cejas y su mirada se perdió, cientos de kilómetros a la distancia, mientras mantenía la vista fija en el cordón de su zapato.
Desde la habitación se escuchaban las carcajadas de J. y G., que al parecer ya entraban es la fase de represión.
S. estiró lentamente la comisura derecha de su labio, subiendo el pómulo, logrando que su boca entera se curvara en una especie de sonrisa torcida. Torcida.

- ¡S.! - la llamó G.
- ¡Hermano mío! - canturreó J.

S. sacudió la cabeza, y se restregó los ojos, como si acabara de despertar. Suspiró solo una vez, larga y pesada-mente, y en menos de un pestañeo, instaló de nuevo su habitual gran sonrisa.

- Ya voy, ya voy - gritó levantando se y corriendo hasta la pieza.

El común de los mortales jamás la había visto sin reír, o haciendo esos extraños ruiditos ahogados, y aunque J. y G. la conocían lo suficiente como para descifrar las excepciones, ese día no notaron el engaño. Cómo podrían, si hasta los ojos de S. brillaban de alegría.


punto de vista

Elizabeth dormía tan plácidamente como cualquier otro día cuando se despertó. Se volteó hasta quedar boca arriba, como se supone uno debe dormir, y abrió los ojos. Luego se sentó en la cama, con la mano derecha se restregó el ojo izquierdo, y con la mano izquierda se rasco el muslo derecho hasta que sus uñas se marcaron dejando delgadas lineas color rosa en su piel blanca. Se levantó y arrastró los pies hasta la cocina. Puso a hervir agua y descolgó una taza del estante. Se sirvió café, una cucharadita grande y tres de azúcar. Sacó un yogurt del refrigerador y abrió solo la esquina del papel. Dio un sorbo, sintiendo el frío en sus labios por primera vez en toda la noche. Tomó el termo y puso agua caliente en la taza del café, y agarrándola desde la oreja se la llevó de vuelta a la cama. Antes de tenderse encendió el televisor.

*

Dormía como cualquier día cuando me desperté. Había estado soñando con el mar, y aún podía sentir esa ligera brisa golpearme la cara, desde las
profundidades de mi almohada. Me volteé para alejar esa sensación y volver al mundo. Todavía siento que mis párpados pesan, se resisten a mantenerse abiertos. Los obligo a reaccionar. Hoy no hay tiempo de perderse, aunque sea temprano. Las piernas también se niegan a afrontar el nuevo día. Las dejó marcadas en mi intento por controlar la insurrección. Tengo sed. Un café no me vendría mal, pero preferiría algo frío primero. También algo más contundente que solo agua. ¿No había dejado un par de yogures la última vez? Espero que aún estén ahí. Bingo. Nunca me gustó comer estas cosas con cuchara, qué sentido tiene aparte de dejar algo más que lavar. Me agrada lo frío que está. Ideal. Ahora sí sería genial un café. Casi pienso que hice exactamente lo mismo ayer, pero no me molesta la rutina. Ahora prenderé el televisor y hablaran de lo mismo de nuevo, y yo lo veré pensando en que me quedan quince minutos antes de tener que correr al trabajo.